El Paraiso de los Legionarios (de Cristo) Primera Parte

Articulo aparecido en el blog El Gatopardo, nov,  2015

La Legión de Cristo goza de un poder desmedido en Cancún y varias poblaciones de Quintana Roo. La prelatura Cancún-Chetumal, a cargo de los legionarios desde 1970, ha servido a la congregación religiosa para refugiar a sacerdotes acusados de pederastia o para desterrar a algunas voces críticas dentro de su comunidad. También se han apropiado de terrenos públicos y proyectan construir una basílica que podría tener un fuerte impacto ecológico. Todo esto ocurre con la complicidad del Estado y bajo la siniestra presencia de su fundador, el fallecido Marcial Maciel.

TEXTO DE EMILIANO RUIZ PARRA / FOTOS DE WACHO ESPINOSA

“Lo difícil es encontrar una iglesia en Cancún que no sea una invasión…”

Los Legionarios de Cristo siempre cuentan dos historias: una versión oficial —cargada de designios divinos— y una verdad disidente. Durante sesenta años la Legión sostuvo, por ejemplo, que Marcial Maciel —su fundador— era un santo en vida. Pero después tuvo que reconocer lo irrefutable: que había sido un pederasta, drogadicto, mitómano y había abusado hasta de sus hijos. 

En la prelatura de Cancún-Chetumal, a cargo de los Legionarios de Cristo desde 1970, también se cuentan dos historias.[1] La versión oficial retrata la prelatura de Cancún-Chetumalcomo la abnegada evangelización del pueblo maya y de los cientos de miles de inmigrantes que poblaron el Caribe mexicano con el auge del turismo. Llegaron cinco sacerdotes legionarios y, 45 años después, se multiplicaron a 75. Encontraron siete parroquias y en menos de cinco décadas construyeron más de cincuenta. Y se adaptaron a uno de los crecimientos demográficos más acelerados del país, pues Quintana Roo pasó de menos de 90 mil habitantes a un millón 600 mil entre 1970 y 2015.

Sin duda, una parte de esa versión es cierta. Los números son reales y los legionarios gozan de influencia en la entidad. Algunos de sus sacerdotes se han entregado con convicción a sus labores religiosas, ya sea en comunidades indígenas o en barrios de trabajadores. Pero esa verdad oficial convive con la versión de los críticos de la Legión de Cristo, algunos de ellos, ex legionarios que conocieron las entrañas de la congregación y se han convertido en sus denunciantes más elocuentes.

Según la versión de los críticos, la prelatura de Cancún-Chetumal ha funcionado como una “Siberia tropical” para relegar a los elementos indeseables, ya fueran sacerdotes acusados de pederastia o elementos críticos con la línea oficial de la Legión de Cristo. Según ellos la prelatura se ha usado como un gran negocio, al ser explotada como un polo de bodas en hoteles de lujo.

En la historia oficial, el Vaticano les pidió a los legionarios encargarse de Quintana Roo en 1970 y “ni el profeta más santo […] se iba a imaginar la explosión demográfica”. Según la versión alternativa, que cuenta el ex legionario Pablo Pérez Guajardo, Maciel cabildeó la prelatura para los legionarios porque poseía información —debido a su cercanía con el secretario de Gobernación, y luego presidente, Luis Echeverría— de que el Estado mexicano invertiría grandes sumas de dinero para desarrollar un gran centro turístico en el Caribe.

La región ha vivido, según la versión oficial, “una frenética cruzada por dotar a la prelatura de templos dignos para el culto”.[2] La versión alternativa acepta este hecho, pero acusa a los legionarios de invadir áreas verdes y apropiarse de espacios públicos para construir iglesias. En su expansión, la prelatura contó con el apoyo de un empresario hotelero, Fernando García Zalvidea, que estuvo preso trece meses por lavado de dinero del Cártel de Juárez, y luego fue absuelto.

Este 21 de noviembre, la prelatura de Cancún-Chetumal cumple 45 años, todos ellos bajo el control de los Legionarios de Cristo, la congregación que fundara Marcial Maciel el 3 de enero de 1941 en un sótano de la colonia Juárez de la Ciudad de México. Los legionarios, ahora, emprenden dos obras monumentales: la construcción de la basílica de Santa María Guadalupe del Mar, un templo de 110 metros de altura que pretenden convertir en el ícono de Cancún, con un costo anunciado de unos doce millones de
 dólares; y un seminario de 57 millones
 de pesos con alberca olímpica y canchas de futbol y basquetbol y capacidad para cien seminaristas.

Los pederastas Cuatro seminaristas se acercaron al sacerdote Juan José Vaca, director espiritual del seminario de Ontaneda, España. Le revelaron que el rector, el padre Jesús Martínez Penilla, se los había llevado a la cama y los había masturbado. Por las confesiones de los niños se deducía que los abusos llevaban ya dos o tres meses. Vaca de inmediato le informó a Marcial Maciel por teléfono.

—No te preocupes, habla con los apostólicos [las víctimas] y procura tranquilizarlos. Pídeles que no les digan nada a sus papás—, le dijo Maciel.

En tres horas, Martínez Penilla había tomado el tren a Madrid. De ahí abordó un avión a la ciudad de México y de inmediato salió a Chetumal, en donde se puso a las órdenes de Jorge Bernal, el legionario de Cristo que era administrador apostólico de la prelatura, designado por Maciel Degollado.[3] Corría el año de 1970 y el papa Pablo VI acababa de encargarles la prelatura de Chetumal a los Legionarios de Cristo.

A miles de kilómetros de sus víctimas, Martínez Penilla apareció en la primera fila de las más importantes ceremonias de la prelatura. El 19 de marzo de 1974 flanqueó a Jorge Bernal por las calles de Chetumal durante la consagración de éste último como obispo prelado. En una fotografía se aprecia a cuatro mitrados que los siguen en procesión.[4]

Martínez Penilla desarrolló una carrera como párroco en la prelatura. El directorio eclesiástico de 1991 lo registra al frente del templo de la Inmaculada Concepción, en Bacalar. En el mismo directorio, pero de 2007, aparece como responsable de la parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en el municipio de José María Morelos. 

Para 2010 había cambiado nuevamente de adscripción. En la página 43 de Una Iglesia de corazón misionero hay dos imágenes del sacerdote: en una de ellas se le ve leyendo un libro, quizá los evangelios, en una banca; en la segunda fotografía lo flanquean 18 personas. Son parte de su comunidad en el templo de la Inmaculada Concepción de María de Isla Mujeres.

Cuando Juan José Vaca estaba a punto de salir de la Legión de Cristo le escribió una extensa carta a Marcial Maciel fechada el 20 de octubre de 1976. En ella le reprochaba una década de abusos sexuales que habían empezado en 1949. Vaca revelaba los nombres de veinte legionarios que habían pasado por situaciones similares a la suya. Entre ellos había tres sacerdotes que trabajaban en la prelatura: Javier Orozco, Ángel de la Torre y Jesús Martínez Penilla.

La prelatura, sin embargo, albergó un caso más grave que el de Martínez Penilla. En el capítulo “El caso del Instituto Cumbres, 1983” de Marcial Maciel, el historiador Fernando M. González detalla la primera historia de abuso sexual de la Legión contenida en expedientes judiciales. 

Una madre de familia (a quien González identifica como Elsa N) denunció los abusos sexuales sufridos por su hijo a manos del prefecto de disciplina, un laico de nombre Eduardo Enrique Villafuerte Casas Alatriste. La justicia mexicana atrapó a Villafuerte y lo condenó a 18 años de cárcel. El examen médico comprobó las violaciones sexuales. En ese entonces, el director del Instituto Cumbres (una preparatoria de los Legionarios de Cristo) era el sacerdote Eduardo Lucatero Álvarez. 

En su declaración ministerial, consignada en la averiguación previa 163/83, del 7 de junio de 1985, Villafuerte acusa que Lucatero “tuvo conocimiento de los hechos, y se concretó únicamente a despedirlo de su empleo, y a avisarle a su familia, aconsejándole que abandonara el país porque iba a tener problemas”. Villafuerte relata que no era el único abusador de niños en el colegio. Identifica a Guillermo Romo, Francisco Rivas y Alfonso NJ como otros empleados del Cumbres que tocaban a los niños.

“Que también sabe y vio en ocasiones al subdirector [sic] confesando a los menores, y que dicho [sujeto] se llamaba Eduardo Lucatero (LC), el cual también se llevaba a las niñas, hermanas de los menores y les acariciaba sus partes nobles obscenamente”, continúa. Sin embargo, al sacerdote Lucatero sólo se le impuso una multa por encubrimiento.

Antes de acudir a las autoridades ministeriales, una de las madres de las víctimas acudió a las del plantel. Fue un error. “Mi vida cambió totalmente. Perdí el trabajo por culpa de los legionarios, perdí mis amistades de toda la vida, mi dinero, mi condominio, y de la noche a la mañana haga de cuenta que se me abrió un hoyo. Son gente muy poderosa. Me amenazaron, me trataron de sacar del periférico varias veces con un auto Mustang para que no fuera a juicio”, le contó a González.

Lucatero Álvarez terminó en la prelatura de Cancún-Chetumal, que nunca disimuló su presencia en el Caribe. En la tercera de forros de Una Iglesia de corazón misionero se le ve en segunda fila entre el clero de Quintana Roo, con ornamentos sacerdotales y en oración. El grupo lo encabeza el obispo Pedro Pablo Elizondo.

El mismo volumen lo registra como sacerdote adscrito a la catedral de la Santísima Trinidad, en Cancún. En una fotografía (página 85) aparece en el extremo derecho de un grupo de veinte personas que posan delante de la fachada de la catedral. Alto, de lentes, guayabera y crucifijo al hombro, posa con una sonrisa.

En el Directorio eclesiástico 2 014 de la prelatura se le consigna como sacerdote del clero religioso. El directorio lo identifica como titular de la Dimensión de la Doctrina de la Fe en la Pastoral Profética. Es decir, era el “guardián” de la disciplina y el cumplimiento de los dogmas en la Iglesia de Quintana Roo.

El perro, el vino y el psiquiatra

Pablo Pérez Guajardo se pasaba el día adormilado. Su depresión no desaparecía a pesar de la ingesta de pastillas. Hasta que decidió dejar de tomar su dosis de diazepam y dárselas al perro de raza pastor alemán, una de la mascotas en la casa de Vía Aurelia 677. Pablo poco a poco perdió la somnolencia. En cambio, el perro dormitaba todo el día ya sin ganas de jugar. “Los superiores se preocuparon por el perro que estaba muy mal. El perro sí les alarmaba y yo no”, recuerda con rabia.

Pérez Guajardo se ha convertido en una de las voces más críticas de la Legión. Sin ser nunca un directivo de la orden, durante veinte años estuvo cerca de la cúpula legionaria y del propio fundador Marcial Maciel. Entre 1986 y 2006 perteneció a la comunidad de seminaristas y sacerdotes que residía en Vía Aurelia, Roma, en la sede de la dirección general de los Legionarios de Cristo.

Lo encuentro en fotografías antiguas: la del 3 de enero de 1991 en la basílica de San Pedro. Para celebrar los 50 años de la Legión de Cristo, Marcial Maciel dispuso que sesenta legionarios fueran ordenados por el papa Juan Pablo II. Con las manos en oración, se le ve a escasas tres personas del pontífice. Ese día recibió la ordenación sacerdotal después de quince años en la congregación.

Lo vuelvo a ver en Una Iglesia de corazón misionero, libro de nuestra historia, el libro que los legionarios editaron para celebrar los cuarenta años de la prelatura. Aparece tres veces: en la tercera de forros (con el resto de los curas del estado) y en las páginas 132 y 133. Una fotografía en gran angular lo retrata en medio de un centenar de personas, la mayoría niños: su comunidad de la capilla San José en la colonia Guadalupana, un barrio proletario en la periferia de Playa del Carmen. En la página impar tiene un micrófono en la mano y se lo acerca a un niño. 

En esas imágenes quedó su época de cercanía legionaria. Pero el 29 de septiembre de 2011 envió al entonces director general de los legionarios, Álvaro Corcuera, una “Carta de Fuego”, en donde exigía a la congregación un deslinde de su fundador Marcial Maciel. 

“Fue amortajado con vestiduras sacerdotales un maricón, drogo, borracho y mujeriego […] No sólo él se rió de Dios, de la Iglesia y de nosotros, también usted y buen número de superiores mayores se han burlado de la autoridad del Papa al acompañar a nuestro pedófilo fundador en sus viajes con la concubina y la hija sacrílega […] Sus labios han besado el cadáver de un falso profeta que usted y los superiores mayores nos han presentado como Alter Christus siendo un 
Anti-Cristo”, le escribió. 

A esa carta siguieron una decena de cartas más en donde denunciaba el lavado de dinero, el encubrimiento sistemático de pederastas, el culto a la memoria de Maciel, la explotación financiera de los colegios y otras presuntas desviaciones de la Legión de Cristo.

Delgado, de ojos verdes, orejas puntiagudas y cabello escaso, Pablo Pérez Guajardo fue expulsado de la Legión de Cristo en mayo de 2015, pero desde septiembre de 2012 lo echaron de la capellanía de San José. Cuando lo entrevisté, en septiembre pasado, acondicionaba la cochera de una casa como capilla. Se dice vetado: “el obispo (Pedro Pablo Elizondo) me prohibió que entrara a las escuelas católicas y a los hospitales”. 

Conversamos durante tres horas. De su vida, el capítulo más vivo, y el más desgarrador también transcurría en Roma: en 1986 fue asignado a la dirección general de los legionarios, el centro de mando de la congregación religiosa. Ahí convivió con Maciel y Luis Garza Medina, “número” dos de la orden religiosa y cerebro financiero de ésta.

La vida legionaria afectó las emociones del padre Pérez Guajardo. Se deprimió. Garza Medina le pidió atenderse con Francisco López Ibor, hijo del célebre psiquiatra español Juan José López Ibor. Se negó. Pero después fue el propio Maciel quien le pidió consultar al psiquiatra. Las sugerencias de Nuestro Padre eran órdenes. Pérez Guajardo desconocía entonces que era una práctica de Maciel enviar a los sacerdotes problemáticos a la clínica madrileña. Cada cuatro meses viajaba a Madrid a surtirse de dosis de medicamentos psiquiátricos que lo mantenían dormido o sonámbulo, sin ganas de rechistar. 

Su computadora tenía acceso a internet. Navegando, se dio cuenta de que su dosis de antidepresivos era mayor a la necesaria, y que su tristeza obedecía a su vida de religioso: soledad, alejamiento de su familia desde los 18 años, falta de estímulos. Empezó a darle sus medicamentos al perro pastor alemán que cuidaba con celo otro sacerdote legionario, Juan Manuel Dueñas Rojas.

Al quitarse los medicamentos volvió a estar despierto, pero pagó un precio. Tenía estallidos de ira y simas de tristeza. Sus padres estaban enfermos y deseaba ir a pasar con ellos sus últimos años. Con su padre no lo logró: cuando aterrizó en México ya lo estaban velando. 

Una escena retrata su furia: a los curas sólo les estaba permitido beber un vaso de vino con la cena. Los superiores se servían dos o tres “porque tenían permiso del padre Maciel”. Enojado y con ganas de venganza, Pablo se robaba las botellas aflojando el triplay detrás de la repisa. Las ocultaba en el baño o en los ductos de aire acondicionado.

Una tarde, uno de los superiores lo llamó para regañarlo. Pablo Pérez Guajardo, que ya se la esperaba, traía una de las botellas de vino, ya descorchada. La sacó de entre sus ropas y la derramó sobre el escritorio.

—¿Cómo se atreve? ¡Aquí hay cartas de Nuestro Padre! —le reprendió el sacerdote (¿Y qué que hubiera esas cartas?, se preguntaría años después Pablo: si la mayoría de las cartas de Maciel eran plagios o escritos de otros autores, todo lo que ofreció Maciel fue un fraude).

Hartos de su indisciplina, le autorizaron que se trasladara a la Ciudad de México, a una casa de legionarios en la que pudiera estar más cerca de su madre, enferma de cáncer.

Derramar el vino fue la primera de
 sus indisciplinas. Ahora la recuerda como un acto calculado de rebeldía para conseguir su traslado. Vista a la distancia era una travesura. Su auténtico desafío vino después, con sus denuncias públicas escritas en cientos de cuartillas de cartas y en sus confesiones, la catarata de recuerdos que iban reconstruyendo el rompecabezas de una congregación en donde campeaban el fraude y el abuso. La tarde que conversamos, algunas de esas escenas vinieron a su cabeza: la noche anterior a la profesión de votos, Marcial Maciel llamó a uno de sus compañeros y pasó la noche con él. Ese cura fue enviado a la prelatura. Cuando se hizo público que Maciel había tenido una hija, el sacerdote abusado (ya de 50 años) contaba compulsivamente su historia; o de la vez que el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado del Vaticano, les dijo a él y otro grupo de legionarios: “Dichosos ustedes porque obispos y cardenales hay muchos, pero fundador [Marcial Maciel] uno solo”; o de cuando se enteró de que Luis Garza Medina —hermano de Dionisio Garza Medina, presidente de Grupo Alfa y uno de los hombres más ricos de México— había urdido un plan para controlar a la Legión de Cristo: hizo seguir a Maciel por detectives privados, recabó la información sobre su doble vida y le hizo un chantaje: su silencio a cambio del control financiero de la congregación religiosa.

Tras cuarenta años en la Legión, Pablo Pérez Guajardo observó y escuchó cientos de historias, pero guardaba fidelidad a sus votos privados.[5] Después de su regreso, lo destinaron a una casa de religiosos en el Estado de México y, al final, la prelatura de Cancún-Chetumal. Según su relato, estuvo asignado a la catedral de Chetumal en donde reactivó las misas matutinas y salió a las calles a ofrecer bautizos gratuitos a los niños. El obispo Pedro Pablo Elizondo, al ver su energía, lo mandó a una encomienda más difícil: una colonia proletaria en Playa del Carmen.

De su paso por la colonia Guadalupana se puede contar su historia como cura de barrio marginal (él la llama zona atolera en contraste con la zona hotelera) pero resultan más pertinentes para este artículo sus impresiones sobre la prelatura de Cancún-Chetumal, contenidas en una carta que le escribió a su obispo Pedro Pablo Elizondo el 24 de septiembre de 2012. Allí le dice, por ejemplo, que la prelatura ha sido, desde su creación, el destino de los indeseables: aquellos que no cuadraban con la línea de Maciel, ya fuera porque se habían negado a trabajar en colegios para niños ricos, como un grupo de curas irlandeses que se sentían frustrados de hacer pastoral sólo para clases acomodadas.
La prelatura se había hecho de tres buenos negocios, acusaba Pablo Pérez: las bodasglamour celebradas en las capillas de los hoteles de lujo. Los curas legionarios habían sido reducidos a un servicio de escort: un apuesto sacerdote impecable, bien vestido, con la raya del cabello perfecta, para adornar las ceremonias de los ricos. A esas bodas, por cierto, se les negaba el acceso a los trabajadores de los hoteles.
El segundo negocio, la Ciudad de la Alegría: un complejo de casas-hogar para niños, ancianos y enfermos terminales “es, en buena medida, la confeccionadora de recibos deducibles de impuestos para los hoteles y empresas (Best Day) de Fernando García Zalvidea”.
Y una tercera fuente de ingresos: los donativos que los legionarios recababan en Estados Unidos y Europa con el argumento de destinarlos a la evangelización de los pueblos mayas, a los cuales “nunca [les] ha llegado dinero: la inmensa mayoría de las regiones o colonias pobres carecen de dispensarios católicos, escuelas parroquiales, templos y servicios sociales”.
Pérez Guajardo se fue de la prelatura. Buscó lugar en Saltillo, con el obispo Raúl Vera López, promotor de derechos humanos, y antagónico a los legionarios. Apenas estuvo unos ocho meses e hicieron cortocircuito. Pérez Guajardo lo acusó de usar a los pobres para su beneficio, y Vera respondió calificándolo de espía.
“¿A dónde voy a mis casi 60 años?”, se preguntó el sacerdote. Y regresó a Playa del Carmen, a la zona obrera, a instalar una capilla en el garaje de una vivienda en obra negra. Cuando lo visité, se movía en un automóvil Chevy viejo y sucio, sin asientos, y vivía con una familia, rodeado de costales de cemento y cortinas de polvo. En 2015 la Legión lo había expulsado de sus filas: “En términos canónicos no tengo licencias ministeriales, quedando firme que no hay ninguna sanción o pena canónica ya que no existe ningún delito (ni pederastia, pareja sexual, fraude, problemas doctrinales o enseñanzas morales erróneas)”, me dijo.
Cuando conversamos se le notaba el cansancio tras cuatro años de denuncia sin que nada hubiera cambiado. Estaba irascible y resignado a su trabajo pastoral: dar catecismo, celebrar bautizos, avanzar en la construcción de su capilla. Le pregunté por qué había invertido tanta energía en las cientos de cuartillas de denuncia. Tenía esperanza: su esperanza era que lo escucharan en el Vaticano y le retiraran la prelatura a los legionarios. A Quintana Roo, me dijo, le faltaba un obispo franciscano, jesuita o diocesano que usara morral, huaraches y mezclilla, y se mezclara con los obreros y los indígenas de tierra adentro, y ya no con los magnates de la zona hotelera.    La leyenda del santo lavador Fernando García Zalvidea fue uno de los miles de inmigrantes que atrajo el auge turístico de Cancún. A bordo de una limusina, ofrecía excursiones a los gringos fascinados por el paraíso caribeño. Uno de ellos le dijo un día: This is my best day. Le gustó la frase y la hizo suya. Cancún estaba en permanente expansión y era territorio fértil para los emprendedores como García Zalvidea que, al paso de su fulgurante ascenso como hotelero, tejió una red de relaciones políticas, religiosas y empresariales con la élite de Quintana Roo. Sus negocios fructificaron hasta que llegó a ser dueño de una cadena de hoteles a la que llamó Real Caribe y de la empresa Best Day, que fue pionera en ofrecer viajes todo pagado por internet.
Pero su emporio se tambaleó en 1998. La Procuraduría General de la República (PGR) lo relacionó con el “maxiproceso”: una investigación sobre narcotráfico y lavado de dinero del Cártel de Juárez en Quintana Roo. Se acusaba al gobernador Mario Villanueva Madrid, El Chueco, de haber puesto la Procuraduría de Justicia local al servicio del capo Ramón Alcides Magaña, El Metro. Fernando García Zalvidea fue acusado de lavar dinero del cártel en la compra del hotel Gran Caribe Real. Lo detuvieron y lo internaron en el Reclusorio Sur de la Ciudad de Mexico.

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